Hace algunos días Níger sufrió un golpe de Estado en Níger. Sí, lo confieso: tuve que consultar wikipedia para localizar ese país en el mapa.
Níger: una nación pobre y e inestable. ¡Con lo bonito que parece el mundo cuando uno ve los juegos olímpicos de invierno!
La historia moderna de África es, simplemente, un desastre. Parece un continente fallido. Los golpes de Estado encabezados por los militares son un azote constante de esas tierras. Aquellos empobrecidos países gastan una barbaridad en armas, a pesar de sus elementales carencias en salud y educación.
México podría estar en unas condiciones semejantes. Cuestión de revisar en que lamentable condición nos dejó la revolución iniciada en 1910: destrucción, epidemias, hambre, muerte y un sinfín de generales y coroneles deambulando con sus tropas a todo lo ancho y largo del país.
No pongo en duda los logros sociales de la Constitución de 1917. Pero es innegable que el movimiento armado que encendió Madero llevó a una lucha campal. Y, como suele suceder, los más pobres pagaron, los platos rotos. Debemos reconocer que el gran éxito de los gobiernos priistas fue haber neutralizado el poder de los militares y haberlos devuelto a sus cuarteles.
Pocos recuerdan que en sus orígenes, PRI (llamado entonces PMR) contaba con un sector militar, además del sector campesino y sector obrero. Era lógico: fueron militares los fundadores del Partido. En 1946, cuando gobernaba Miguel Alemán, el sector militar fue desincorporado del Tricolor.
A partir de entonces, los militares fueron perdiendo peso específico en la política nacional.
Los gobiernos civiles del PRI compensaron muy bien a las fuerzas armadas. Era parte del pacto.
La contraparte del acuerdo consistía en el repliegue del Ejército y la Armada de la vida pública. Gracias a este repliegue, México no sufrió el sinfín de golpes y contragolpes que desolaron América Latina y África.
Precisamente por ello me inquieta el creciente protagonismo del Secretario de la Defensa Nacional. No se trata, me parece, de un protagonismo buscado deliberadamente. Su protagonismo es, me temo, fruto de las circunstancias. La Presidencia lo está orillando a ello. El Ejército está en las calles.
Eso es algo muy, muy serio. El poder civil está reconociendo tácitamente que necesita de los soldados para garantizar la seguridad interna del país. Es, en pocas palabras, el reconocimiento del fracaso de los civiles para llevar una vida civilizada.
Dejo para otro momento la discusión de si involucrar al Ejército en el combate al narcotráfico era la única estrategia posible. Por ahora sólo quiero llamar la atención sobre el hecho de que los militares van teniendo más y más importancia en la política nacional.
Inadvertidamente, sin darnos cuenta, estamos hipotecando la democracia de este país. Supongamos que el gobierno aplasta al narcotráfico, ¿se resignaran los militares a volver a sus cuarteles para ocuparse de sembrar árboles, enseñar a marchar a los conscriptos como antaño?
Cabe, claro, otra posibilidad más trágica: que el narco infecto al ejército. ¿Qué será de nosotros si los militares no resisten los cañonazos millonarios de los narcotraficantes?
Publicado el: miércoles 24 de febrero de 2010